Mi estómago empieza a sentir ese vacío, el mismo que aprendí a sentir minutos antes de los partidos de fútbol en mi vida escolar de la secundaria acompañado de la camiseta de color que identificaba mi equipo y la mirada retadora de los personajes que tenían color diferente para la competencia. Los guayos ya estaban bien amarrados, las medias arriba y cuando me obligaban a jugar en pantaloneta mi disgusto le añadía mas desagrado al vacío de mis entrañas. Comenzaba a tomar mi posición en la parte de atrás identificando cual jugador tocaba partir a como diera lugar, pensando eso si, cualquier estrategia para no ser expulsado por el mediador del partido: el árbitro. Fue en el medio deportivo, aquel que muestran como solución a las tentaciones de sustancias prohibidas, donde mi cuerpo sintió el poder y la decaída de ese polvo blanco que se mete en cuanto lugar le den cabida y no concilia guerras por su igual poderosa palanca sobre el dinero quien es finalmente el trofeo que persiguen los que se matan en la batalla de lo ilícito. En la tapa de dura cerámica blanca institucional del baño colegial, dispuse la coca de mi amigo quien obedeciendo al imaginario de ese colegio, encargó una buena dosis, pues viniendo de allá, tenía que ser buena. La miré pocos segundos, ya mi mente la había mirado suficiente y sabía lo que iba a hacer, más no lo que iba a suceder. Clavé mi cara contra esa loza fría y aspiré con toda mi fuerza queriendo llevarla hasta el fondo en el sentido inverso de los gnósticos quienes afirman que si una gota de semen sube hasta tu parte alta, la iluminación es inminente. Lo que no sabía es que un amigo que me estimaba y pensaba muy mal respecto a lo que yo creía que secretamente hacía, estaba asomado en la parte de arriba de la división, esa división de material metálico y sonoro que tienen esos baños que siempre muestran en las películas donde ocurre una escena de mundo underground, pero que es tan diaria y común como ir al supermercado. Salí de allí respirando aire fresco, con potencia, con decisión de hacer el mundo mío y solo existía esa parte del mundo como importante, el resto, existía, tampoco se trataba de una alucinación hippie de todo es uno y uno es todo. Con gritos enérgicos pero amistosos me decían: ¡mondra ya empezó el partido, entre, entre ya!. Mi ímpetu me arrojó a la cancha, pero no era un partido de parque, tampoco algo profesional, pero en ese tiempo era todo y por eso, obedecí parándome en la línea lateral anunciando al juez mi intención de ingresar al terreno de juego. Fue rápido, fue oportuno, pues mi débil equipo enfrentaba al que prometía ser de los más fuertes y hasta ese momento le faltaba un jugador, pero quien entraba estaba poseído por una fuerza descomunal que no era imaginaria para mi, fue un imaginario colectivo entre mi percepción y lo que todos en la cancha y el estudiantado espectador observaban. Episodio efímero fue ese, episodio que tuvo un inicio, un nudo fuerte que literalmente se marcó en mi garganta y que descendió dolorosa y depresivamente al final del día con un desánimo total.
Esas ganas de exorcizarme producen mi vacío, así que llamo a uno y a otro amigo, no es una salida erótica ni romántica, para esos deseos está mi novia y yo, prefiero cumplir mis promesas y a ella le prometo exclusividad sexual, para experimentar con varias parejas están las relaciones abiertas y la soltería sin duda. Pero ese sábado es de compañía serena, de complicidad sin perseguir nada, por eso, uno a uno van saliendo de la muy corta lista de viajeros de mi nave y es ahí cuando años después, y luego de muchos lugares en un micromundo, me encontraba mirando la ciudad desde lo alto. Las luces empezaban pero no terminaban demarcando caminos que mi mente veía con los sentidos como reales, el imaginario me decía que llevaban hacia algún lado y en efecto sucedió, pero, no lo comprendí en ese instante. Mi memoria renunció a ella misma y se abrió complaciente a ver lo que sucedía en mí alrededor de un kilómetro a la redonda siempre que mis cinco sentidos lo permitieran. Mi primo y yo, ahí juntos como no estábamos desde mucho tiempo atrás, bailábamos cadenciosos, luego eufóricos, otra vez alucinados y luego otra vez en algún tono que había sucedido en algún instante de esa noche. Las ventajas de esos ritmos fabricados por hombres ayudados de la tecnología computarizada, permite que dos personas del mismo sexo bailen en un mismo entorno sin necesidad de ser homosexuales, aunque abundaban en ese recinto también había mujeres hermosas, otras no tanto, pero cada quien tenía su belleza, la proyectaba y la recibía tanto como ondulaban las notas musicales. El hombre encargado de la misión chamánica de mover esa energía, logrando que ritmos tan aparentemente similares cambien y modulen las sensaciones, era apacible, conocía su misión y su aspecto material parecía al que nos venden como modelo de habitante de otro planeta. Su consola de sonido, ayudaba bastante, tenía un disco giratorio similar al de la portada de Pulse de Pink Floyd y su frecuencia aceleraba mi corazón pero calmaba mi pensamiento. El whisky que pensándolo bien, fue poco, acompañó fielmente nuestra experiencia de pocas palabras y nula compañía más que la brindada entre nosotros dos que como gladiadores de paz vimos como el sol empezaba a dormitar las luces artificiales y hacía que más personas llegaran hasta el espacio que habíamos gobernado junto con el sofá de color vino tinto y la mesa de madera que juiciosamente sostenía dos vasos con agua que en algún momento había sido hielo y por el cual se envolvía el whisky tal como lo hace un gato doméstico en las piernas de su amo mientras ronronea sutilmente y dejando su petición de cariño junto con pelaje en el pantalón trajinado por las labores del día. El sol, continúa implacable, sin hacer tregua sube por el cielo y ya los rostros que en algún momento lucían estéticamente bien, empiezan a mostrar rezagos del largo ritual, otros no lo hacen así, prefieren ser bellos casi siempre y me muestran como somos diferentes unos de otros pero también iguales. Por algún motivo estábamos todos ahí, no más de treinta personas que a pesar del sol murmullábamos muy calladamente en nuestras mentes para que ese instante perdurara por siempre, pero la vida tiene un solo curso y no se detiene así que resultamos en un auto uno y en otro auto el otro sabiendo que el destino con ayuda del teléfono celular nos comunicaría de nuevo y así fue.
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