Hay un recuerdo que permanece y que por alguna clave contextual imagino yo, cauterizó con potencia mi cerebro con menos de dos años de existencia en aquel entonces. Hoy no se a ciencia cierta, si mis temores infantiles motivaban las imágenes que en este preciso instante ignoro si eran vistas con ojos abiertos o con mis pupilas cubiertas por mis delgados párpados; era una escena terrorífica y que define la primera imagen de mi madre: ella dormida como prefería estar - ahora ayuda su ciclo circadiano con medicamentos -, tenía su abundante cabello de un color marrón, pero no era cualquier marrón, se acercaba al negro pero no lo tocaba, se mimetizaba con los tonos castaños pero no se unía con su popular característica y se explayaba como un trazo de carboncillo hecho por un artista sublime sobre su almohada que también era mía. Todo cuanto poseía me pertenecía y yo le pertenecía más que nada. Estrenaba a sus inmaduros veinte años, una vida que había salido de sus entrañas producto del amor y descuido, propio de una joven de hogar acomodado - burgués como diría Hesse en su Lobo Estepario - pero desintegrado, aniquilado por la separación de sus padres que en sangre y acción son mis abuelos.Con misteriosa cadencia, los motivos de la cortina de nuestra habitación que para mi aun son abstractos en lo que respecta a mi recuerdo, que en diálogos posteriores diez años adelante eran caras de gatos según mi madre, se desprendieron de su estática posición y se iban adhiriendo como sanguijuelas al rostro de mi progenitora al tiempo que, una fuerza extraña la descubría de las gruesas cobijas que usaba y sigue usando por su sensibilidad al frío - la misma que tengo yo -, luego, la llevó levitando con especial cuidado de abrir la ventana con su misma extraña e invisible fuerza que no descansaba, y que además fue definitiva cuando me obligó a ver como el bosque denso del exterior se abría como el mar rojo en las películas cristianas de semana santa, esta vez, no para llenarme de sentido de esperanza y de justicia, sino por el contrario, me sentó en la otra posición, y que valga aclarar, solo metafóricamente, porque yo continuaba en el sopor de no saber si estaba viendo con mis ojos abiertos o con mis pupilas cubiertas por mis delgados párpados y en la posición acostado - eso sí estoy seguro -, presenciando como salía en abducción digna de los relatos de algún ufólogo fanático y su grito - el de mi madre - quedó también claramente registrado: vocalizando un a que iba desvaneciendo su intensidad hasta desaparecer completamente por los aires junto con mi esperanza y cerrando para siempre el bosque como queriendo mostrar que no había pasado nada.
Esas gruesas cortinas nos acompañaron muchísimos años más, de tela gruesa como solían ser las cortinas de los años en que la música disco y la psicodelia acompañaba la juventud reinante de la época; la variación estaba en el tono amarillento de su revés, causado por el implacable sol que asomaba luego de las noches de sueños que no son tan memorables como este que evoco, por el resto, su aspecto terrorífico nunca cedió terreno y fue objeto de estudio por mis primos y yo y obviamente por mi madre y yo, tratando siempre de encontrar que diablos era lo que contenía como decorativo. Era una especie de flores, similares a las que llaman pensamientos y de color muy oscuro, tenía tonalidades próximas al negro y detalles azul profundo y rojo sangre. Estaban dispuestas en columna sobre el fondo crema separadas por una distancia precisa para dejar ver que su intención era asustar y al tiempo, caprichosamente dejaban cruzar zigzagueante una enredadera que no recuerdo si era roja, azul o verde.
Sin duda estaba hecha para causar pesadillas, y me atrevo a decir que si el fabricante acaso tuvo la desfachatez de hacer similares, tenía la mala intención de crear malos sueños, pero también hay que reconocer, que quien la compraba tenía un gusto excéntrico pues por más conflictos que había en la familia no existían los malos deseos.
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