Locura daliniana y obsesión dantesca
se empañan sobre el vitral de mi percepción:
sucumben todas las miradas
en un mar de códigos que pierden forma
y luego… ¡fuego!
Psicoanálisis desenfrenado y falto de detalles,
gema perdida en el exhibicionismo parcial de ser
ante los demás.
Sangre que escurre por las paredes de nuestro corazón
y los deseos más escondidos
bombean con tal potencia
que nuestro pensamiento no logra callarlos…
…ese motivo nos dispone a un mundo de disfraces
ya que la fragilidad y levedad del ser
no se ha despojado de aquel día
en que el vino tinto y los manjares
espigaban nuestra tranquilidad
en llanuras de sexo entre burbujas de agua caliente,
la misma agua que hidrata nuestro apetito desértico
del sentido común,
aquel que suple inmediatamente
los vacíos surgentes.
Respuesta de metal y papel
Es la que nos ha dejado sin material
para vivir sin preocupación desde un café sin Internet
o una playa que es testigo de los rugidos eternos del mar,
aunque no se sabe a ciencia cierta
si la arena ruge al sentirse invadida por el mar,
o si es el mar el que ruge de éxtasis
por no saber nunca si termina aquí o allá,
condenado para siempre a un límite variante.
Como el mar y la playa es la relación de todos nosotros:
entre un telón infinito de papeles a representar
ruge estruendosamente
la necesidad de relacionarnos.
Es un bacanal de ritos maquiavélicos
donde el más puro sentimiento
es feliz por el hecho de ser,
pero poco comprende que es por el otro.
Es descontrol además de incomprensión,
porque este mundo no es para comprenderlo
ni para alinearlo con la cordura a través del control
ya que vivirlo es el camino
que nos lleva al lugar inexistente
para este mundo donde todos habitamos
bajo la armonía del latido que nos mantiene vivos.
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