En el estéreo del auto se puede ver la iluminación neonizada color azul, invoca los imaginarios futuristas y del espacio exterior cual si fueran vástagos de ilusión de un producto vendido incluso, más atrás de la mitad del siglo veinte.
En ese instante mi pensamiento divagante no cuestionaba otras posibilidades de nuestro futuro, estaba inmerso en el ritmo potente, cíclico y lleno de extremos graves y agudos que acompañaba ya la calidez de una relación fraternal de años y de sangre. El tono de Camilo parecía nostálgico, para ese entonces y por mucho tiempo lo fue. Sus palabras iban en la dirección de nuestra conversación, su alma traducida en el tono de su voz, añoraba con paciente espera algunos sueños por cumplir pero, no era la espera por cumplir un sueño, no era la espera que involucra la expectativa de un resultado por algo hecho. No. Era más bien un anhelo dirigido al espacio mientras miraba el espejo retrovisor interno del carro verde que bien conducía, con poca prevención pero con pericia.
La noche estaba bien entrada y las calles iluminadas artificialmente de la fría ciudad mostraban un asfalto con brillo húmedo, la urbe estaba en auge y las personas, algunas en tono acorde al nuestro transitaban, se interceptaban de vez en cuando con nuestros destinos y daba cierto clima bohemio a la noche. Los recorridos fluctuaban por los mismos sectores: la zona de mas fiesta y actividad, drogas en todos los tamaños y calidades, prostitutas que no conocimos enjauladas en su sed de progreso y vanidad mimetizando el odio interior con aspectos deslumbrantes en el día cuando las podíamos ver en la cotidianidad pero que se camuflaban con las mujeres que nunca han pisado lugares de aventuras masculinas y depravaciones comunes. En las pocas ocasiones que decidimos bajarnos del auto para acudir al supermercado surtidor de una droga más legal, encontramos -aunque no sé si él lo percibió- gente atiborrada en busca de tejer redes unos con otros, alrededor del alcohol, la droga, las conversaciones, los estilos de vestir y de tendencias de pensamiento; las caras eran un molde social de nuestra cultura: en su gran mayoría cálidos, abiertos, de risas sonoras y amplias. Otros, vencidos por efectos psicotrópicos o quizá por efectos del “amor” de pareja que los mantenía en choque y absortos como si nada de lo que estaba alrededor sucediera, como si el mundo solo dependiera de lo que esa discusión temporal definiera.
El vino tinto creaba una atmósfera agradable, dejaba menos posibilidades al exceso y la pérdida de la cordura que siempre me acompaña hasta cierta cantidad de alcohol. El exceso de todos modos siempre ha sido mi modus operandi, su seducción ha sacado cenas suculentas de mi interior, borró de mi recuerdo llegadas a casa, discusiones, llamadas, acciones por demás vergonzosas que son permitidas igual que la sustancia causante de mi malestar posterior. Una y otra vez mi tejido gástrico me recuerda que no soy bondadoso con mi cuerpo, escudado en mi percepción de que todos los seres humanos tenemos un exceso, un vicio, un apego, algo que sirve de válvula de escape y aunque sea casi imperceptible en algunas personas, acompaña la vida de nosotros los supuestos gobernantes del planeta desde que somos infantes hasta el día que nuestro cerebro está conectado con la realidad que aceptamos colectivamente. Quisiera ahondar en este tema pero creo que primero debo investigar un poco más para hacerlo un tanto más verídico y creíble.
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